Me reconozco un gran admirador de las casualidades afortunadas. Un arquitecto de viaje en Oporto incluye necesariamente el paso por la Fundación Serralves. El paso por la Fundación Serralves sin embargo no siempre incluirá la presencia de Juan Muñoz en sus salas. Celebremos pues el encuentro.
En general un museo de arte contemporáneo tiende a proyectarse como un edificio receptivo a la incertidumbre programática de una disciplina que tiende a cuestionar sus propios límites (también los físicos), por lo que el diseño de “cajas” que deben contener lo incontenible es un problema arquitectónico que raya la contradicción y por lo tanto particularmente estimulante. La sensación al entrar en contacto con el Museo de Arte Contemporáneo Serralves de Álvaro Siza es de que ese diálogo con la incertidumbre se desarrolla con una calidez y una economía de esfuerzo que desarma toda tensión intelectual en el visitante, desde el primer gesto que delimita el ámbito de la entrada, enseña sutilmente el primer esbozo del volumen y cobija con delicadeza el recorrido hasta la taquilla y la puerta de acceso (1).
La sutileza con la que el atrio del edificio baña de luz la llegada y sitúa inequívocamente al visitante en el arranque del recorrido explica en pocas palabras cómo se puede crear un espacio central con una cierta carga simbólica sin deslizarse hacia el dramatismo o la retórica excesiva (sólo la presencia de la tienda – librería se hace más evidente de lo que uno quisiera, pero sin llegar a molestar). En este punto experimentamos también el primer encuentro con Muñoz: sus Hanging Figures se apropian visualmente del centro del atrio y escriben un primer pulso de inquietud en el mar de luz blanca dibujado por Siza. En la pequeña sala anexa al atrio, los grotescos tentetiesos de Conversation Piece generan una teatralidad entre cómica y casi amenazante favorecida por la neutra envolvente del museo. La sensación de respirar un realidad diferente y la necesidad de ahondar en el recorrido se espesan (2 y 3).
Dejamos a Muñoz por un momento, adentrándonos en el ala este del museo, que enseña elementos característicos del lenguaje de Siza en algunas de sus versiones más estimulantes, ora el aconvencional tratamiento de los huecos, ora el protagonismo con el que diseña las escaleras y la cuidadosa atención que les dedica (para Kenneth Frampton, “Siza, como Auguste Perret, ha considerado siempre la escalera como la piedra de toque del saber arquitectónico”) (4).
Tras deshacer el recorrido, nos encontramos de nuevo en el distribuidor inmediato al atrio, para acceder a la gran sala 1, corazón de los espacios expositivos del museo y punto donde el encuentro entre la obra de Juan Muñoz y el edificio alcanza su momento más emotivo. Ajenos a la intensa luz procedente del gran hueco central, los risueños personajes de Many Times interpretan una escena de asfixiante cotidianidad en la que, en las propias palabras de Muñoz, “el espectador se convierte en el objeto a mirar”. Agrupados en pequeñas reuniones que parecen conversar entre sí, saludarse o ignorarse mutuamente, multiplicadas hasta el infinito sus facciones iguales, sus expresiones ajenas al espectador, la contemplación de esta instalación empequeñece, incomoda, emociona y hace reflexionar, pese a la posición visualmente dominante del que observa, media planta por encima del plano expositivo. La interacción del espacio de Siza con la nervioso microcosmos del Muñoz es admirable: la luz que irradian las aberturas, la sutil invitación de la rampa que salva el desnivel, la amabilidad en la proporción del espacio (5).
El paso por esta sala crea definitivamente la atmósfera adecuada para continuar el recorrido por el museo en el ala oeste. La secuencia de las salas 2, 3 y 4 continúa en la senda de estímulo para los sentidos y afortunada relación con la obra de Muñoz. Se trata de tres espacios inertes y sensiblemente rectangulares, salvo por el apenas perceptible el gesto de Siza de hacer divergir ligeramente el cerramiento oeste, haciendo que las salas se dilaten según se avanza hacia el final del recorrido. El único gesto que reclama la atención del observador es el paño de techo suspendido que filtra la luz del lucernario, una haz blanco que se derrama entre los dos planos horizontales y aporta toda la iluminación necesaria a las salas al tiempo que dibuja una impecable sección longitudinal. En la sala 3 encontramos The Wasteland. Se trata de un pavimento óptico que dirige la mirada y los pasos hacia una pequeña figura de bronce sentada sobre una estantería. La tensión visual que dibuja el pavimento de Muñoz y la poderosa pequeñez de la figura vuelven a crear otra de las interrogantes atmósferas del artista, que se expresa con gran naturalidad en el espacio proyectado por el sabio portugués (6).
En el final del recorrido, las salas 5, 6, 7 y 8 alteran la secuencia lineal hasta ahora dominante apoyándose en el diferente carácter cada espacio que crean unos pocos recursos arquitectónicos bien manejados por Siza y que arrancan del giro de las salas 7 y 8 respecto de los ejes dominantes del edificio, dando réplica tectónica al cuerpo más delicado y manierista de la escalera del ala este girada de la misma manera. El final del muro divergente que nos ha acompañado a lo largo del recorrido y su remate contra el cuerpo girado y una vez más el uso tan estimulante que hace Siza del hueco singular en la sala 5 acaban de crear este final de secuencia tan propositivo con una sensación de cero esfuerzo arquitectónico y de que todo ocurre con envidiable naturalidad.
Por empatía emocional, destaco aquí The Prompter, instalación marcada por la ambivalente relación entre la obra de Muñoz y el teatro que de alguna manera más indirecta habíamos experimentado en Many Times. La escena casi vacía, sólo ocupada por el solitario tambor y la tesela del pavimento óptico, y la cómica figura del enano medio oculta por la caja del apuntador hablan de un diálogo imposible, “como un escenario sin representación, sin pieza de teatro, apenas con un hombre intentando recordar”, y hace pensar en la memoria y el olvido (7).
Recorrer Serralves es una delicia. Es un edificio que, rehuyendo de la vanidad, participa del carácter humilde y parsimonioso de las obras más destacadas de Siza, como el barrio de la Malagueira o la Iglesia de Santa María. No es de extrañar pues que una obra como la de Muñoz, preocupada tanto por interrogantes esenciales, encuentre un acomodo tan natural aquí y que sea tan sencillo para el espectador entrar en su melancólico universo. Nada en Serralves exclama. Incluso lo que puede parecer frívolo en apariencia encuentra sentido por la mesura del gesto y por la permanente huida del estruendo y el efectismo trascendentoide. Puede haber ironía en la obra de Siza, pero nunca mentiras cubiertas de retórica artificial (8).
Yo creo que Serralves es, en esencia, una bellísima cueva para seres humanos.
Juan Muñoz en Serralves
Manuel Romera
Sin duda me mueve la pasion de padre, sin duda la ignoracia de la arquitectura pero he vivido Serralves sin conocerlo. No tenia ni idea que un arquitecto ademas supiera escribir de esta manera.
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