Maria, envuelta en su chaquetón oscuro, recuerda y hablará con sus amigas de los malos tratos sufridos por su marido, ahora ya fallecido y al que de manera extraña sigue añorando. Explicará al terminar su bocadillo, que también tiene unos hijos bien situados, trabajando fuera de España. Con ellos el trato se hace cada vez más difícil. Sabe que nunca la perdonarán por todo lo que soportó y por todo lo que les hizo pasar a ellos al mismo tiempo.
Sara explicará lo insatisfecha que está con su vida laboral, recordará los días previos a su separación, días de pensamiento bloqueado y sin salida posible, días de angustia, de tardes interminables. Ella sabía que con ello cambiaba su vida cómoda, con ciertos lujos y su afición a la pintura, por un trabajo de 10 horas y el cuidado de sus padres ya mayores. Se siente sola, sobre todo al llegar la noche.
Agustina, sentada entre las dos, permanecerá en silencio. Se siente feliz, ilusionada porque en unas semanas se irá a vivir al pueblo definitivamente, allí donde ahora hace 64 años la vieron nacer. Se imagina a ella misma recorriendo las viejas calles de adoquín, paseando cerca del río escuchando su murmullo, o en la plaza del General Orduña, debajo de las arcadas donde hace muchos años le dio unas hojas manuscritas a un chico moreno declarándole su amor.
Texto: Antonio Cuenca
Foto: Dolors Sánchez