La primera vez que leí Nieve fue hace ya algunos años, mientras devengaba un sueldito en un Call Center de San Salvador. Por aquel entonces yo aún no conocía la otra nieve, solo conocía ese blanco terciopelo en las montañas a través de mis “sueños” y de mis fieles compañeros los libros. Tuvieron que pasar treinta años de sol de frontera para que un día haciendo uno de los trabajos más impensables de mi vida me encontrara con ella.
Fue estando en Barcelona cuando furtivamente fuimos a trabajar fuera de la ciudad, muy cerca de las montañas, cuando la nieve cayó por primera vez sobre mi mano y recordé de nuevo aquella frase que hasta entonces para mí carecía de sentido: “Sólo se escuchaba el silencio de la nieve”. Ahora que pienso en eso, también recuerdo que una mujer me prometió una vez llevarme a bailar bajo la nieve, son de esas promesas que se hacen sueños y que cuando llegan a ese estatus se hacen más difíciles. En aquellos días yo era un recién llegado a Barcelona, lleno de sueños, dispuesto a todo por conseguirlos; de eso ya hace dos años. Ahora me paso subiendo o cayendo agarrándome a besos y juguetes, avanzando osadamente entre la caída de las hojas. La nieve que hasta entonces conocía era una nieve más política, llena de crítica a una cultura muy cerrada, que le costó a Pamuk “mudarse” de país. Nieve nos relata una historia de amor, que se desarrolla dentro de una pequeña ciudad fronteriza de Turquía llamada Kars a la que Ka asiste desde Alemania a investigar para un periódico el extraño caso de suicidios de varias mujeres. Pero las intenciones de Ka van más allá de eso, ya que su viejo amor Ipek está allí. Al llegar se da cuenta de que la ciudad está envuelta en una serie de conflictos ideológicos en los que, a lo largo de tres días en los que la ciudad queda incomunicada por una tormenta de nieve, él pasa a ser uno de los protagonistas.
Orhan Pamuk nos deleita con su obra de principio a fin y nos mantiene pegados a ella, transportándonos a los sentimientos más fríos y profundos del ser humano, dándonos muestra de que somos seres ambiguos y que la búsqueda de la felicidad es una necesidad aun en los seres más extraños o en los lugares más remotos sin importar las condiciones a su alrededor. Pero al mismo tiempo nos escupe a la cara que esa “noble” búsqueda se mancha siempre por la religión o los ideales políticos y que no siempre nos lleva a un final feliz, sino más bien al conformismo de perderla definitivamente. Como siempre, la esperanza de conseguirla nos mueve a realizar las acciones más descabelladas de las cuales el protagonista no es la excepción. La frustración de esos días en Kars de Ka y al mismo tiempo sus momentos más felices nos llenarán el alma de sentimientos encontrados hasta llegar al desenlace de esta historia aun llegando éste antes del final del libro. La búsqueda de la felicidad, a pesar de tener una sensación de perdida, la paz espiritual de los que han decidido que nunca serán felices, envuelve a Ka durante la historia.
La voz de Pamuk se puede adaptar fácilmente a nuestras realidades, Kars puede ser un barrio bajo de las afueras de San Salvador en donde lamentablemente vivir te cuesta la vida, en donde la búsqueda de la felicidad sigue siendo hasta ahora una lucha interminable que tarde o temprano nos da esa sensación de que nunca podremos encontrarla por más que nos esforcemos. Aquí la vida se pinta de color de rosa pero en realidad en otros sentidos no deja de ser marrón para aquellos que aún no queremos darnos por vencidos.
Una historia conmovedora, llena de emociones y particularmente crítica es Nieve. Como el mismo Ka había escrito en un poema muy poco conocido: “-Se dice que a lo largo de nuestra vida solo nieva una vez en nuestros sueños-”. Aquel día en que la pude sentir por primera vez pensé que mi oportunidad de soñar con ella había desaparecido, y sigo sin soñar con ella, quizás porque realmente mi primer contacto con la nieve no fue ese día en Barcelona, sino en el frío de los aires acondicionados muy lejos de aquí. Ahora ya no pienso en la nieve sola y silenciosa como recordé ese día la frase de Pamuk, sino con bailar en ella con aquella mujer que me lo prometió y que, al igual que Ka, nunca he vuelto a ver.
Daniel Eb Huezo
Hola, muy agradable el articulo. Me hace pensar que para algunos la nieve despierta una sensación de belleza de la vida y hace parecer que el mundo es muy vasto. Yo solo he tenido contacto con la nieve que llena en grandes copos la mirada y aquella de la que hablas que se encuentra en los sueños, en donde puedo verla, bailando… Sin duda Nieve, es una historia que remueve muchos sentimientos. Un saludo