Solo. Me apetece estar solo. No pensar en nada. Escuchar el vacío. Sentirme en un sueño. Cerrar los ojos y soñar, abrirlos y seguir soñando. Un estruendo en la lejanía y el sol abriendo mis pupilas. Dos minutos de silencio, otro estruendo y otro más. No existen las horas, ni los minutos, ni los segundos, sólo los momentos que reconocen mis sentidos, agudizados por el silencio. La vista hacia lo desconocido, mi tacto notando la suave brisa enzarzada en mi piel, el gusto por lo insípido, el fresco olor irrespirable, el sonido de la serenidad… Todo se torna distinto. Soy un diminuto nanoorganismo en la inmensidad de estas cumbres y sin embargo me siento grande, como un coloso entre colosos. Me siento vivo, único, afortunado. Todos deberíamos disfrutar de esta sensación. Todos tenemos derecho a olvidarnos de todos. Porque así me siento, como si fuera el único superviviente de este mundo.
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